Dirigiendo el negocio
El cambio empresario
Las empresas se encuentran en un cambio permanente sea cual fuere su tamaño o trayectoria. El hecho es que este cambio debe guiarse hacia una dinámica permanente de mejora. Aquella empresa que no evolucione con los tiempos (léase con los mercados) no podrá sobrevivir, lo que desde la teoría de los sistemas se conoce como fenómeno de “entropía”. La cuestión va más allá cuando se trata de un cambio debido a una “crisis de crecimiento”, donde se deben construir las bases de una “nueva” organización que sustenten el futuro de la misma. Generalmente, un cambio de este tipo abarca todas las actividades esenciales, lo que obliga a trabajar en todas las áreas a la vez. Ahora bien, ¿qué pasa si la “nueva” organización no responde a la realidad del mercado? En primer lugar el cambio tiende a ser extenso, extenuante para todos los involucrados, costoso y motivo de presiones y conflictos del empresario consigo mismo y con su entorno familiar directo. El empresario tiene la obligación de ir por delante del cambio, previendo posibles situaciones y actuando con el timón firme hacia un rumbo definido. Si no existe ese “rumbo” mal podrá conducirse la nave a ningún puerto “conveniente”, quedando todo supeditado a los designios de la suerte. Ir por delante del cambio obliga a pensar, a actuar con más razones que impulsos, y con más conveniencias que presiones. Esto no significa que algunos aspectos no se puedan replantear o modificar incluso sobre la marcha. Implica que esos replanteos o modificaciones deben hacerse con la razón, dejando definitivamente fuera los impulsos y presiones externas que llevarían al cambio mismo y a la organización toda hacia un inexorable camino de fracaso. Todo cambio organizacional precisa de un cambio personal del empresario. Atrás seguramente quedarán añejas costumbres (a veces heredadas), modos de pensar, de resolver, y de trabajar. Cuando una empresa crece, el empresario indefectiblemente debe dejar de hacer tareas operativas, delegándolas y controlándolas adecuadamente, y se debe dedicar a “pensar el negocio”. La experiencia indica que en todo cambio PyME, lo anterior constituye la parte más difícil de resolver. Es como que se tiene la sensación de que si no se está haciendo una tarea operativa no se está trabajando, como si trabajar pensando o sentado en un escritorio no fuera trabajar. La diferencia es clara, ya que si analizamos el valor que se genera con una buena decisión bien pensada es infinitamente superior a lo que cuesta un empleado que realice la tarea operativa que se debe delegar. Otra cuestión que surge a la hora de delegar es: “Nadie lo hace como yo”. Definitivamente es un mito que hay que desterrar y que actúa como limitante absoluto de cualquier posibilidad de crecimiento. Si realmente fuera así, no existirían las grandes empresas. Si realmente fuera así, no existirían más que empresas unipersonales. Y todos sabemos que la realidad es otra. Delegar no es sencillo, de hecho es un arte en sí mismo, ya que requiere seleccionar adecuadamente a las personas y a los controles a realizar, pero es estrictamente necesario en la medida que la empresa crece y cambia. En definitiva, un cambio empresarial sin un cambio personal del empresario no es posible, y mucho menos si dicho cambio lleva hacia un crecimiento de las operaciones realizadas por la empresa. Bien, lo invito entonces a pensar sobre sus propias “maneras de cambiar y crecer”, esperando que estas líneas le ayuden en el camino de mejorar. Tenga siempre en cuenta que cada mejora en el gobierno de la organización es una mejora en los resultados de la misma, y lo más importante… en la propia calidad de vida de su dueño. Hasta la próxima, donde abordaremos el complejo tema de la delegación de tareas y cómo hacerlo de manera más efectiva. Un gran abrazo para todos. * SICFIE, Asesoramiento y Control PyME - Coaching empresario info@sicfie.com.ar www.sicfie.com.ar
